Con el auge del negocio de la educación (porque no digamos que la educación está en auge), en mucha ciudades de Chile se han creado “polos educativos”: barrios que concentran universidades, institutos, preuniversitarios y otras instancias de educación superior.
En Concepción, la intersección de Barros Arana con Angol se destaca por aglutinar 2 universidades, 5 institutos y un preu… claro, sin contar la tienda de mascotas.
Y cada vez que paso por ahí no dejo de fijarme en la cantidad de jóvenes arrimados en un rincón de la calle, sentados en los estrechos portales de cada institución o fumando apiñados junto a la avenida.
Cuánto contraste con mis años en la UCSC y las jornadas que pasábamos sobre las colinas del campus San Andrés. Para qué mencionar los extáticos prados y jardines de la UdeC o la UBB.
Quizá les parezca una nimiedad… pero creo que hasta en estos (en apariencia) pequeños detalles el lucro está matando la educación.
Es que gran parte de la vida universitaria no se hace en las aulas, sino en los salones, en las salas de reunión, en los prados, en el casino, en los patios, en los senderos y en cualquier lugar que permita refugiarse con tranquilidad a pensar, comunicar, debatir, organizar y crear.
Es ahí donde surgen las grandes ideas. Donde se cuestionan dogmas, se gesta la innovación, el emprendimiento y las revoluciones (e incluso los amores). Es en ese espacio común donde realmente se hace universidad… espacios que nuestra nueva educación fast food style extermina con edificios estrechos, atiborrados, colindantes a la calle más transitada de la ciudad.
De lugares que inviten a la reflexión, a participar antes o después de las clases, nuestras instituciones están convirtiéndose lentamente en lugares donde el alumno sólo es admitido a estudiar… y por supuesto, a pagar.
Dicen que Pinochet acuñó esa célebre frase de que “a la universidad se viene a estudiar, no a pensar”.
De ser así, felicitaciones, General. Vaya forma de profetizar.